El gozo no nace de que no haya problemas; nace de que el Espíritu de Dios está con nosotros en medio de ellos. Él nos da la fuerza para decir: «aunque todo cambie, Él no cambia». Y también nos dice:
"El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia…" Gálatas 5:22
Cuando nos dejamos llenar por Él, el gozo no es una sonrisa forzada: es la certeza interior de que Dios tiene el control.
Los efectos de gozarse en las pruebas
¿Para qué hacerlo? Porque trae fruto que nada más puede dar:
"Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia; y la paciencia, obra completa." Santiago 1:2-4
Gozarnos no es alegrarnos por el dolor; es alegrarnos por lo que Dios está construyendo en nosotros:
- Purifica nuestra fe como oro en el fuego 1 Pedro 1:7
- Nos hace depender de Dios y no de nosotros mismos 2 Corintios 1:9
- Nos prepara para consolar a otros 2 Corintios 1:4
- Nos da esperanza firme Romanos 5:3-5
Lo que hoy te prueba, mañana te sostendrá y servirá para sostener a otros.
La sabiduría de Dios para vencer la adversidad
Cuando no sabemos qué hacer, necesitamos algo más que nuestras propias ideas. Necesitamos la sabiduría que viene de arriba:
«Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.» — Santiago 1:5
La sabiduría del mundo dice: «evita el sufrimiento, busca tu comodidad». La sabiduría de Dios dice: «confía en mí, aunque no entiendas, porque yo sé adónde te llevo.»
«Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.» — Proverbios 3:5-6
Esa es la sabiduría que vence: no entenderlo todo, pero confiar en Quien lo entiende todo.
Cuando estemos probados, cuidemos nuestra sabiduría
El peligro llega cuando creemos que ya sabemos todo, cuando nos confiamos en nuestra experiencia:
«El que cree que está firme, mire que no caiga.» — 1 Corintios 10:12
Cuidado con decir: «yo no caería en eso». La prueba no se vence presumiendo; se vence manteniéndose humilde, orando, buscando la Palabra cada día. La verdadera sabiduría es saber que sin Dios, no podemos nada.
«Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.» — Santiago 4:6
Cuidémonos de la trampa de la duda
La duda no siempre llega como pregunta honesta. A veces llega disfrazada: «¿Realmente te escucha? ¿No serás demasiado para que Él te ayude?» Y ahí empieza a hacer su trabajo silencioso:
«Cuidado, que nadie os lleve por medio de filosofías y huecas sutilezas… conforme a los rudimentos del mundo y no según Cristo.» — Colosenses 2:8
La trampa consiste en sustituir lo que Dios dijo por lo que parece lógico a nuestros ojos. No dejes que la duda se instale sin respuesta; llévala a la Palabra, porque allí está la verdad que la disipa.
La duda es lo opuesto a la fe
Esto lo debemos tener claro: la fe dice «confío en lo que Él prometió»; la duda dice «no estoy seguro de que lo cumpla». Son caminos distintos:
«Sin fe es imposible agradar a Dios.» — Hebreos 11:6
La duda no es solo un pensamiento; es el corazón que se aparta de la confianza en Dios. Y la Escritura nos advierte con claridad:
«El que duda es inconstante en todos sus caminos… no piense que recibirá cosa alguna del Señor.» — Santiago 1:7-8
No porque Dios no quiera dar, sino porque la duda no se aferra a Su promesa.
Los efectos de la duda
Si la dejamos crecer, la duda hace estragos en nuestra vida:
- Debilita la oración - «pide dudando… no recibirá»
- Nos aleja de la Palabra - dejamos de leerla porque «no sé si aplica para mí»
- Nos hace ver los problemas más grandes que a Dios - olvidamos Su poder
- Produce inestabilidad - «inconstante en todos sus caminos»
- Enfría el amor - dejamos de confiar y dejamos de amar
«El que duda… es como la ola del mar, que es movida por el viento y sacudida.» — Santiago 1:6
Sin ancla, sin rumbo, sin paz. Eso hace la duda cuando la dejamos crecer.
Cómo vencer la duda — y aplicarlo hoy
Pero aquí viene la buena noticia: la duda se vence, y la victoria no depende de ti, sino de Aquel que es fiel. Así puedes hacerlo:
1. Reconoce la duda, no la escondas
«Creo; ayuda mi incredulidad.» — Marcos 9:24
La honestidad ante Dios es el primer paso para sanar. Dile: «Señor, tengo dudas, pero quiero confiar en Ti.»
2. Llena tu mente de Su Palabra
«Por medio de tus mandamientos me he dado a entender… más que los que me enseñan.» — Salmos 119:104
La duda se alimenta de silencio; la fe se alimenta de Su Palabra. Léela, medítala, repásala.
3. Recuerda lo que Él ya ha hecho
«Me acordé de tus juicios antiguos, Señor, y me consolé.» — Salmos 119:52
El Dios que te sostuvo ayer es el mismo de hoy. Si obró antes, puede obrar ahora.
4. Aférrate a Su fidelidad, no a tus sentimientos
«Si somos infieles, Él permanece fiel; no puede negarse a sí mismo.» — 2 Timoteo 2:13
Tu fe puede flaquear; Su fidelidad nunca cambia. Apóyate en Él, no en ti.
5. Ora con fe, aunque sea pequeña
«Todo lo es posible al que cree.» — Marcos 9:23
No necesitas una fe gigante; necesitas mirar a un Dios gigante, aunque tu fe sea como un grano de mostaza.